
La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”. Esta declaración, casi un manifiesto, incluido en el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa es la hoja de ruta no consensuada que comparten los artistas que integran esta exposición.
El viaje, más su anhelo que su consecución, ha sido motor de arranque para el proceso creativo de fotógrafos desde los orígenes de esta disciplina. Proyectar un viaje es, para un fotógrafo, escoger un territorio donde liberar las inquietudes y obsesiones que permanecían en cautiverio en su residencia habitual. Lo que para el resto de la población representa una desconexión, una forma de olvidar transitoriamente las obligaciones y responsabilidades del trabajo y la rutina, para el colectivo de los creadores de imágenes se plantea como la oportunidad de renovar un compromiso personal con la esencia de su oficio: moverse para mirar, desplazarse para fotografiar.
Y es en esa reconexión con el núcleo donde comienzan las preguntas acerca de la naturaleza de un viaje concebido, en apariencia, como una pausa en la actividad cotidiana. ¿Qué significa partir de vacaciones para un fotógrafo? ¿Cómo son las imágenes de recreo de alguien cuyo trabajo el resto del año consiste en generar imágenes? ¿En qué se diferencian sus fotografías de las que disparan con sus móviles los miles de viajeros que encuentra en su camino? Para empezar el fotógrafo siempre viaja solo, aunque lo haga rodeado de gente. Las imágenes que realiza no suelen dar cuenta de un lugar bonito o un descubrimiento exótico, sino que nacen como resultado del encuentro entre una búsqueda preexistente y un hallazgo azaroso. De alguna manera, las imágenes ya estaban en la mochila del fotógrafo antes de iniciar el viaje, esperando adoptar en el camino su forma definitiva. El viaje del fotógrafo, como el de Ulises, siempre es en busca de su verdadera identidad.
En 1978 tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno de Nueva York la icónica exposición Espejos y Ventanas, en la que su comisario, el conservador de fotografía del museo John Szarkowski, sugería una dicotomía entre los fotógrafos-espejo, que basan su trabajo en la expresión de su mundo interior, y los fotógrafos-ventana, cuya obra nace de la exploración del mundo exterior. Casi medio siglo después, los fotógrafos que componen la presente exposición han resuelto esa dualidad buscando fuera las respuestas a las preguntas que surgen de dentro, mirándose en la ventana y asomándose al espejo indistintamente, para encontrar en el camino un eco de su propia voz.
Esta exposición indaga la relación entre el viaje y los fotógrafos y, más específicamente, en el contraste paradójico entre el empleo del tiempo de ocio y la necesidad compulsiva de seguir produciendo imágenes no precisamente casuales o improvisadas. Más de 150 obras realizadas por 30 fotógrafos se despliegan a lo largo de los seis capítulos veraniegos que componen esta muestra: El viaje, Paisajes de tránsito, Familia y otros animales, Estados de excepción, Final de verano y Reel. Un recorrido coronado por un cine de verano imaginario que reúne secuencias de diversas películas de temática estival en diálogo con el cuerpo de la exposición. El resultado es una odisea colectiva de imágenes que los fotógrafos han tomado en una fértil soledad. Un periplo que se condensa, de nuevo, en la agitada revelación de Pessoa: “De cualquier viaje, por breve que sea, regreso como de un sueño lleno de sueños”.
Comisariado: Matías Costa
Produce: Sala Amós Salvador – Cultural Rioja, Logroño
Artistas:
Alejandra Carles-Tolrá, Ana Maisonave, Bernardita Morello, Carla Oset, Carlos Traspaderne, Carmenchu Alemán Cristobal Hara, David Salcedo, Eduardo Nave, Imanol Legross Israel Ariño, Javier Izquierdo, Jerónimo Álvarez, Jordi Bernadó, Jorge Fuembuena, Juan Millás, Juan Valbuena, Juanan Requena, Laura C.Vela, Lurdes R. Basolí, Manuel Sonseca, Manuela Lorente, María Sánchez, Miren Pastor Navia, Rocío Aguirre, Sergio Belinchón, Sonsoles Calzado, Txema Salvans, Valery Katsuba







